"Los amigos conocen tus historias, los mejores amigos las viven contigo."
"Sé que algunas personas dicen que estas cosas no pasan, sé que algún día todo esto serán anécdotas, pero ahora mismo estamos vivos y en este instante somos infinitos."
"Todo ocurre por una razón."
"Don't let dreams just be dreams"
"Leer no es matar el tiempo, sino fecundarlo"

sábado, 16 de noviembre de 2013

CAPITULO 20: Gemidos inquietantes.

Paloma tuvo que despedirse de Manuel rápido: había quedado con Arya y Rebeca. Aunque fue corta, un besó sirvió como despedida y selló la partida de ella.
Las tres amigas habían quedado cerca de casa de Rebeca, antes de entrar en la boca de metro. La primera en llegar fue ésta, seguida de Arya y Paloma. Rebeca, que era tan abierta con su madre en todo tipo de temas, se encargó de traer un par de cócteles, preparados por su madre, escondidos en cantimploras. Eran un Gintonic y un Malibú con piña, sus bebidas favoritas. Se sentaron en un poyete que rodeaba los jardines y los degustaron. Mientras se los terminaban, un hombre que hacía ejercicio se puso junto a las chicas y comenzó a hacer abdominales, emitiendo gemidos un tanto malinterpretables. Intentaron contener la risa, por respeto a aquel personaje. Cuando éste se fue, soltaron las carcajadas acumuladas seguidas de una demostración por parte de Paloma. Siguieron riéndose incluso ya en el metro.
Por fin llegadas a Atocha, se aventuraron a la discoteca. Lo único que encontraron fueron unos niñatos malcriados y chicas demasiado ligeras de ropa. Ellas se dedicaron a bailar. Unos cuantos se atrevieron a pedir besos, mas no los consiguieron.

Mientras bailaban, un chico, alto fuerte y algo borracho se acercó a Paloma y no la dejó más remedio que bailar con él. Cuando éste se empezó a acercar peligrosamente a ella, sus amigas tuvieron que intervenir. La agarraron por los brazos y se la llevaron al baño. El chico las siguió pero terminó dándose por vencido. La rescatada no cesó de agradecérselo a las chicas. ¿Qué harían las unas sin las otras?

CAPITULO 19: El chico de tres dimensiones.

Pasó una semana y las chicas no cesaron de hablar de aquella noche. Fue increíble y la llevaban esperando tanto tiempo… sin duda alguna, la espera mereció la pena. Cuando por fin llegó el fin de semana, Paloma no perdió más el tiempo y quedó con el chico que ocupaba su mente desde antes del verano. Manuel. Llevaban hablando seis meses por chat pero nunca habían llegado a verse en persona. Él vivía lejos de ella, pero aquel sábado por fin acortarían distancias. Paloma estaba bastante nerviosa. ¡Era el chico que le gustaba! Quedaron en un parque, no muy lejos de casa de ella, pero aquello no impidió que llegara tarde. Le vio, aquel chico que tan sólo conocía de dos dimensiones pasó a la realidad. Su realidad. Estaba sentado en un banco y sonrió nada más verla. Se sentaron, y siguieron sentados durante horas hablando. Tan sólo hablando. Resultaba agradable, y era muy divertido: siempre tenía tema de conversación. No cerró la boca durante toda la cita, mas a ella no le importaba ya que solía ser muy tímida con la gente que no conocía. Aprendió más de él en persona que en meses de Whatsapp, y aquello la confortó. El chico era tan alto como ella, con brazos muy musculosos, entre rubio y castaño y con ojos castaños enmarcados con unas cejas perfiladas. Ni él ni ella perdían la sonrisa, por fin se conocían.

A medida que cogía confianza, Paloma comenzó a soltar esos chistes, tan típicos de ella, que siempre hacían reír a sus amigas. Tuvo la confianza de mostrarse tal como era y a él pareció encantarle. Un chico divertido y encantador que, sin duda, le gustaba su personalidad. Parecía que algo bonito iba a salir de aquello.

domingo, 3 de noviembre de 2013

CAPITULO 18: Fin de una noche mágica

                Rebeca se despidió del chico con la escusa de que era una noche para estar con sus amigas.
-¿Por qué no te has liado con él?, exclamó Paloma.
-¡Soy la imposible!, respondió con una sonrisa.
                Las chicas rieron por el comentario. Fueron directas a la pista de baile y se movieron como si no hubiera un mañana. De repente sonó el tema “So What” de P!nk. La motivación de Hannah y Rebeca fue máxima. Se llamaban “esposa” entre ellas, por un juego que comenzaron el año anterior.
-Esposita, empezó la mexicana, esta será nuestra canción. ¡A Geofredo le encanta!
                Geofredo era el nombre que le iban a poner a sus hijos. Lo decidieron en deporte, cuando un chico nuevo llamó su atención. Recordaron un día que fueron al cine las dos. Hannah con su novio de entonces y Rebeca con el amigo del novio. Fueron a ver la última película del buenorro de Tom Cruise y, para su sorpresa, había un actor idéntico pero con 70 años más. Se empezaron a reír como locas en la sala, mientras los espectadores las miraban confusos. Era el momento más tenso de la película. Pero ellas seguían mientras los acompañantes se preguntaban qué había de gracioso en ello.
                Cuando la canción terminó, no podían estar más acaloradas, pero siguieron bailando hasta que terminó la velada.

                Se prometieron, al principio, que iban a ser señoritas por un día, pero la cosa se torció y no pudieron dejar de ser ellas mismas ni por un instante. Las tonterías, las locuras, las risas y los bailes patéticos estuvieron presentes durante toda la noche. Fue la mejor noche de sus vidas… por el momento.

domingo, 6 de octubre de 2013

CAPITULO 17: Las amigas bailonas siempre al acecho.

Era el baile inaugural, de la homenajeada y su padre: un vals. Bailaron durante unos minutos bajo la mirada expectante los invitados. Se le unieron la madre y el hermano, luego el resto de la familia. Manolo agarró por la cintura a Rebeca y la sacó a la pista de baile. Como ella no tenía ni idea de cómo bailar un vals, dejó que la aconsejara. Al poco tiempo, ya bailaban, aparentando ser veteranos. Se percataron de que las chicas aún seguían sentadas en el sofá de la sala, esperando sus príncipes. Se pusieron de acuerdo y Rebeca cedió su pareja a Arya, y poco tiempo después, ya bailaban todas. Hablaban con sus parejas, reían… hasta que acabó el baile.
                El DJ hizo un recorrido por  toda la música de las últimas décadas, pasando por ABBA a Paquito el Chocolatero, hasta llegar a uno de los temas favoritos de las cuatro chicas. La motivación les invadió y, al instante, ya bailaban como energúmenas, riendo y fingiendo un micrófono entre las manos.
                Después, la sed les invadió. Pidieron bebidas con alcohol, para animarse un poco más. Se les subió demasiado. Se sentían como en una nube. Un chico se acercó a Rebeca y empezó a bailar con ella. Una canción lenta les dio la oportunidad de hablar y conocerse. Se llamaba Alejandro Lagos, todo el mundo le llamaba Lagos. Era el mejor amigo de unas amigas de ella. Habían coincidido ya en alguna que otra fiesta que había organizado su amigo Hugo.
                Salieron a la terraza. Se acomodaron en unas sillas, pero poco después ella se encontraba recostada sobre su pecho. Rebeca le había advertido que no iba a conseguir nada de ella. “Caerás antes de que acabe la noche”, le había respondido él. Ingenuo, no la conocía.
-Creo que tus amigas nos están espiando, dijo él mientras acariciaba su brazo.

                Se giró. Y efectivamente, las tres chicas estaban al acecho. Vigilando la situación. Dispuestas a interrumpir si aquello subía de tono. Soltó una carcajada.

jueves, 3 de octubre de 2013

CAPITULO 16: La puesta de largo.

-Mamá, me tengo que ir, dijo Rebeca en más de una ocasión. Paloma me está esperando abajo, en el coche.
                Cogió una chaqueta y se dirigió a la puerta, no sin antes regalarle una última sonrisa a la cámara. Bajó lo más rápido que pudo y, por fin, se sentó en el coche de la madre de Paloma. En la invitación ponía explícitamente que no llegaran tarde, si no, se perderían la cena. Iban a la puesta de largo de Estefanía, una amiga que llevaba planeando aquello desde hacía años. Debían llevar vestido largo, que no fuera ni blanco ni negro.
                Era sábado. Un sábado lluvioso en Madrid. Al rededor de las 9 y media de la noche. Llevaban esperando aquella noche mucho tiempo. Tenían los vestidos desde hacía muchísimo… en el caso de Arya, Rebeca y Hannah. Para Paloma fue el último que se probó: un precioso vestido rosa, con un corte en la mitad de la falda, tirantes que se enredaban entorno al cuello y con el corpiño drapeado. El de Rebeca, era lila, palabra de honor, al más puro estilo griego. Aquel día había ido a la peluquería y le habían hecho un recogido con trenzas y un discreto moño. Llegaron a la fiesta. No conocían a nadie, esperaban que Hannah y Arya llegaran pronto. Saludaron a la anfitriona y se presentaron a los demás invitados. Al final, las chicas llegaron. Arya con un vestido rosa palo que se había comprado en Londres: palabra de honor, sencillo y elegante. Llevaba un fular por los hombros y una trenza a un lado. Tenía el pelo tan largo que el recogido le alcanzaba la cadera. Hannah, llevaba un vestido de raso, azul marino con tirantes en el cuello y drapeado por el corsé. También llevaba un fular por encima. Iban todas muy guapas y tenían la esperanza de conocer a alguien aquella noche.
                Comenzaron a pasear pequeñas raciones de comida. “Serán los entrantes” se pensaron ellas. Tras reservarse lo máximo posible para la cena, descubrieron que aquella comida que habían dejado pasar era la cena. Corriendo, desesperadas por los rugidos de sus estómagos y perdiendo todo el glamour, se abalanzaron sobre los restos de las raciones y lo acompañaron de un par de jarras de su aclamado tinto de verano.
                Mientras, un chico se acercó a Rebeca, que lo reconoció enseguida: era Manolo, el chico que se le declaró hacía dos años y con quien iba a clase. Se cambió de instituto por su amor a la música. Arya y ella le saludaron, como viejos amigos, Hannah y Paloma se escaparon con el fin de terminar de llenar sus tripas.
-Rebeca, dijo Manolo, ¿Tienes pareja esta noche? Me refiero para bailar.
-Sí, Arya.
-Me refiero masculino.
-Ah, no.
-Pues ya lo tienes.
                Poco después abrieron la discoteca. Rebeca y él entraron de la mano, como en los bailes de la corte. Les daba igual lo que pensaran, lo único que buscaban era pasarlo bien.


miércoles, 2 de octubre de 2013

CAPITULO 15: Primer día del último año.

Estaban dormidos. Hacía tiempo que no se levantaban tan pronto. Pero era el principio. El principio del fin. En efecto, comenzaron las clases. La última vez que pisaban ese instituto para iniciar un curso. Paloma, Hannah, Arya, Elisa, Gadea y Rebeca habían quedado un poco antes de que las clases empezaran para hablar. Rebeca abrazó a Arya. La había echado mucho de menos, no la veía hacía dos meses. Se contaron rápido el verano.
-Chicas, empezó Hannah, ¿Os apetece que después de las clases vayamos al 100 Montaditos a comer?
                Todas asintieron a excepción de Gadea y Elisa. Gadea era una chica pelirroja, blanca y muy divertida. Tenía una nariz perfilada y unos ojos avellana que la hacían parecer más seria, pero siempre iba acompañada de una gran sonrisa y de carcajadas. Tenía novio: Víctor. Llevaban juntos casi nueve meses, pero el inconveniente era que él vivía en otra ciudad, por lo que no podían verse cuando querían. Pero estaban muy contentos el uno con el otro, incluso se habían ido de vacaciones juntos. Hablaban a todas horas por todas las redes sociales imaginables. Hacían muy buena pareja, eso no podían discutirlo.
                Llegó la hora de ir a clase. En primer lugar, corrieron hacia las listas de clases. ¡Estaban todas en la misma! Incluso con Lucas. A continuación, fueron a las aulas. Su profesora de economía les inspiraba terror. Era una mujer muy seria, tenía una mirada acusadora, nada que ver con su profesor del año pasado: un hombre tan alto como bueno, tanto, que le tomaban el pelo. Aunque pensaron que esta vez, se tomarían la economía en serio, y eso, sin duda les ayudaría a la hora de pasar la selectividad.
                Terminaron las presentaciones. Era la una y tenían hambre. Se despidieron de Gadea y Elisa y fueron a comer acompañadas de Lucas, que siempre estaba dispuesto a salir.
                Arya y Paloma no se hablaban. Desde el maldito incidente de los 5 €. Cuando fueron a dar el pedido, Arya y Rebeca tuvieron ocasión de hablar. Le contó que había roto con Sergio, en un arrebato de razón. Rebeca la apoyó, y se sintió orgullosa de ella. No sabía si hubiera estado en la misma situación que ella habría tenido l necesario para hacer eso. Lo admiraba.
                Volvieron a las mesas con las jarras de sangría y se incorporaron en la conversación. De repente, Paloma dio los regalos que ella y Ara compraron en Londres: Una camiseta de YOLO para Rebeca y un peluche de un yorkshire para Hannah, ya que era como su perrita: Tuna. Rebeca, nada más tuvo el regalo, fue al baño a ponerse la camiseta. Le encantaba. Además, Arya y Paloma la conocían tan bien, que fue verla y decir: “Para Rebeca”.

                Arya se fue cuando terminaron de comer, al igual que Lucas y las demás siguieron con su pequeña aventura a un parque que había no muy lejos de allí.

martes, 1 de octubre de 2013

CAPITULO 14: Futuro incierto.

-¿Se puede saber que estáis haciendo aquí?, preguntó finalmente.
-¡Sorpresa!, se limitaron a decir.
                No se esperaba aquello para nada. Había dormido un buen rato… hasta que sus amigas le despertaron. Además tenía que forrar los libros de texto, pronto volverían al instituto. Como no tenía nada que ofrecerles, les propuso ir al chino, a por algo de beber, y de paso, a por forros para los libros. Esos condenados libros que recordaban cada vez que se veían que el verano estaba acabado. Anduvieron un rato hasta llegar. Se llenaron de provisiones y regresaron a su casa. Allí, les esperaba ansioso el perro de Lucas: Ogif. Era un Golden Retriever color blanco crudo, de lo más cariñoso. Recordó que debía sacarlo a pasear y las chicas no tuvieron el menor reparo en acompañarle. Se llevaron lo comprado y disfrutaron de un agradable paseo. Paloma intentó que se repitiera lo de la última noche que quedaron, pero Lucas no parecía estar por la labor de colaborar.
-No me puedo creer que el verano se esté acabando, dijo Paloma.
-¡Ni yo! Fue muy corto. Me da flojera volver a la escuela. ¡Y encima para nuestro último año! No me lo creo, contestó Hannah.
-Yo me voy de cabeza al paro, añadió Lucas. No voy a aprobar el SAT, ni me van a coger en ninguna universidad en Estados Unidos...
-Te recuerdo que la universidad Yale está interesada en ti.
-Lo estaba. Últimamente estoy perdiendo todos los partidos de tenis… ellos sólo quieren a los mejores. Seguro que me quitan la beca.
                Estaba un poco deprimido. Su vida se había centrado en el tenis. Es cierto que sacaba buenas notas durante el curso, pero a la hora de los exámenes importantes como la selectividad, sus notas con suerte rozaban el aprobado.
-Si a ti no te cogen en Estados Unidos, a mí no me cogen ni de coña en Londres, dijo Paloma para animarle.
-Ni a mí en Francia, replicó Hannah.

                Era cierto que ese año tendrían que elegir sus futuros. Pero no estaban preparados. Sentían que el agua le llegaba al cuello. No se veían lo suficientemente mayores como para entrar en la universidad, ni siquiera en el último curso. Cuando eran pequeños, soñaban con el último curso. Se imaginaban mayores, maduros, listos para todo lo que les echaran… mas no era así. Pero debían coger el toro por los cuernos. Por ellos mismos. Por su futuro.

lunes, 30 de septiembre de 2013

CAPITULO 13: ¡Sorpresa!

Era domingo, Hannah y Paloma andaban por la calle. La desconocían así que caminaron en línea recta con la cabeza bien alta. Cuando de verdad estuvieron completamente perdidas, se dignaron a llamar a Lucas. Tras unos segundos, saltó el buzón de voz.
- No responde, dijo Paloma.
-¿Qué hacemos?
-Se me ha ocurrido algo…
                Por suerte Paloma siempre tenía una solución alternativa. Aunque esta, y lo debía reconocer, no era brillante.
-¿El qué?
-Llamar a Alejandro.
                Alejandro era un amigo de tenis de Lucas. Era un crío, se portaba como un crío, y aparentaba ser un crío. En este caso, las apariencias no engañaban. Le llamaron y lo cogió. Como no había cambiado, el niño no dejaba de tomarlas el pelo e insultarlas. Sin duda, a ese, madurez no le sobraba. Al no haber conseguido nada, volvieron a llamar a Lucas, que por suerte, lo cogió.
-¡Lucas! ¿Dónde está tu casa?
-¿Mi casa? ¿Para qué queréis saberlo?
-Tú dímelo.
                Les dio su dirección, sin saber la razón. Se acababa de levantar de la siesta y no era muy consciente de lo que hacía ni decía. De repente, otra llamada:
-Lucas, estamos en la puerta de tu casa, dijo Paloma.

                Colgó sin llegar a creérselo. Abrió la puerta… y vio a las dos chicas. Le sonreían, interesadas.

domingo, 29 de septiembre de 2013

CAPITULO 12: El esperado desayuno.

Llegaron al local. Había gente limpiándolo. Preguntaron al encargado si ya podía pasar. Les contestó con un rotundo: “Abrimos a las 9”. ¿A las 9? ¿Y qué iban a hacer hasta las 9? Hacía frío como para quedarse fuera esperando y se negaban a volver al jardín, por miedo a que les descubrieran. Paloma, que por suerte conocía bien la zona, dijo de ir al Vips, pero se encontraron en la misma situación. Siguieron andando con el fin de encontrar una cafetería abierta a aquella hora. Por suerte, una panadería estaba en esas condiciones. Corrieron, muertos de hambre. Hannah y Rebeca eligieron los bollos más grandes y con más chocolate que encontraron. En cambio, Paloma y Lucas optaron por esperarse a que el Vips abriera. Se sentaron en un banco y degustaron y compartieron los manjares comprados.
                Eran casi las 9 cuando se decidieron a andar hacia el Vips, calculando que llegarían justo a tiempo. Aún así, tuvieron que esperar como las fans esperan al concierto de su grupo favorito. Finalmente abrieron el condenado restaurante y entraron. Lucas y Paloma se pidieron el desayuno y un zumo de naranja, las otras dos se conformaron con un vaso de agua para saciar la sed que les provocó el bollo.
Pagaron y se fueron.
-Tengo que ir a Plaza Castilla para reunirme con mi profe de tenis, dijo Lucas.
-Pues mi madre no viene a recogerme hasta las 10 y media a casa de Paloma, objetó Hannah.
-Hacemos una cosa: Acompañamos a Lucas y volvemos a mi casa para que te recoja tu madre.
-Yo tendría que irme ya, se lo prometí a mis padres, soltó Rebeca.
                 Se despidieron de Rebeca, y se fueron como acordaron. Llegaron a la plaza, el profesor de tenis no tardó en llegar. Las únicas que quedaban emprendieron la marcha.
-Pensé que nos iban a pillar…, dijo Paloma.
-Ya ves, y yo. No creí que nos fuera a salir tan bien el plan.
-¡Éxito!, se exclamaron chocando los 5.
-¿Y qué tal con Lucas?

-Bien. Digamos que la noche estuvo bien, dijo Hannah añadiendo una sonrisa mientras recordaba lo que había pasado. No le importaría volverlo a repetir algún día.

CAPITULO 11: Una noche movidita.

Se acomodaron poniendo dos sacos de dormir abiertos de base y los otros restantes de manta. No se habían dado cuenta del frío que hacía esa noche hasta que se tumbaron. Los únicos que no lo sintieron fueron Lucas y Hannah, que se habían tumbado el uno al lado del otro y se cogieron de la mano. Luego, ella apoyó su cabeza sobre el pecho del chico y se quedaron así gran parte de la noche. De vez en cuando, se detectaba algún movimiento extraño y Paloma lo sufría la primera: estaba junto a los dos tortolitos. Más de una vez levantó la manta, vigilando lo que hacían aquellos dos, para evitar cualquier tipo de trauma.
                Rebeca, intentando entretenerse, estuvo haciendo preguntas a su amiga sobre el verano. Así, por lo menos, su atención no se centraba en las acciones de los otros. Esa noche se sinceraron la una con la otra, como en años anteriores. Rebeca la había echado mucho de menos durante estos meses.
                Hannah estaba feliz. Se estaba tan bien, ahí. No sentía el frío, que más de una vez señalaron los demás. Era cómodo y cariñoso. La acariciaba sin cesar, suavemente. No hubo palabras durante esos momentos. Oía las voces lejanas de sus amigas, pero se concentraba en la respiración de su acompañante. Y pensar que podría ser así, si tuvieran una relación. Luchaba por ella, pero Lucas no ponía de su parte, y eso, entre otras cosas, la frenaba o, incluso, la echaba para atrás. Pero buscaba la faceta de novio en aquel chico, y por fin, aquella noche, la encontró. Era perfecto. Abrazados en un jardín, en plena noche. Sólo existían ellos dos. Y, pensar que podría ser así todos los días. Por muy egoísta que fuera, siempre tenía una sonrisa en la cara. Era sensible y romántico cuando se lo proponía. Sería un buen novio.
                Eran las 6 de la mañana, y todavía no había amanecido. Algo que les resultó extraña a todos los presentes. Terminaron por echar una cabezada, de cómo mucho media hora. Cuando abrieron los ojos, el cielo ya estaba bastante más claro, pero no había ni rastro del sol. Se quedaron hablando otro rato, esta vez, todos con todos. La sesión de mimos había prescrito.
                Sobre las 8 y cuarto, se levantaron, recogieron el campamento, lo dejaron dónde lo había cogido.
-Podemos ir al Dunkin Donuts, está aquí al lado.

Fueron dando un paseo. El fresco de la mañana les hacía preguntarse por qué demonios no se había cogido una chaqueta antes de salir de casa.

sábado, 28 de septiembre de 2013

CAPITULO 10: Un lugar dónde dormir.

Se plantaron en el portal de casa de Paloma.
-Hay que bajar a por los sacos de dormir, dijo Hannah.
                Encendieron las luces y bajaron unas escaleras. En un rincón, estaba lo que buscaban. De repente las luces se apagaron.
-Vamos a morir, bromeó Lucas, que aunque no quería aparentarlo, estaba muy asustado.
                El sitio estaba muy oscuro y el hecho de que fuera un edificio viejo, lo hacía mucho más terrorífico. Paloma, se resolvió por encender la linterna del móvil. Todo un hito por su parte.
Cogieron lo que necesitaron y salieron intentando hacer el menor ruido. Justo al lado del portal, una puerta rodeada de verjas daba al esperado jardín. La anfitriona cayó en que no tenía las llaves. Mierda. ¿Qué iban a hacer sin lugar dónde dormir? ¿Volver al parque? Demasiados borrachos. ¿Ir a Sol? Demasiado tarde pues eran las 4 de la mañana. Paloma lideró el grupo y fue la primera en saltar la valla. Seguida de Hannah, de Rebeca y finalmente, Lucas. Había un pasillo que les llevaba a su ansiado destino, pero fue dar un paso y que se encendiera la luz con sensor de movimiento del edificio vecino. No debían llamar la atención por lo que se pegaron al muro que les separaba de aquel dichoso invento y pasaron. Parecían una especie de espías.
Por fin llegaron a la hierba. Que era más bien un descampado. El jardín tenía como límite una casa, cuyas ventanas daban justamente al paradero de los 4. Avanzaron más y un muro demasiado bajo les separaba de que les pillaran. Cada uno con un saco, los pusieron de tal manera a que el pequeño muro les sirviera como escondrijo. No podían hablar más que a susurros, ya que si hablaban más alto, despertarían a los vecinos. No les apetecía que les llamaran ocupas y trajeran a la policía.

                Eran las 4 de la mañana y les esperaba una larga “noche”.

CAPITULO 9: Confesiones.

El taxi les dejó cerca de casa de Paloma, ya que se temían que su madre andaba por ahí. Los estómagos rugían.
-¿Vamos al chino?, propuso la anfitriona. A pillar algo de comer.
                No se negaron. ¡Se morían de hambre! Dieron un rodeo y llegaron dónde querían… pero estaba cerrado. ¿Un chino cerrado? ¿De verdad? Nunca se había visto. Nunca.
-Pues vamos al 24h, ese no hay duda de que está abierto, Paloma volvió a salvar la situación.
                Pusieron rumbo al sitio indicado. Anduvieron alrededor de media hora, pero finalmente llegaron. Se compraron cada uno una cosa y emprendieron la marcha hacia casa de la chica. Pasaron por el Santiago Bernabéu etc, haciendo un tour turístico por el centro. Rebeca recordó la sorpresa de cumpleaños que Arya y Paloma le prepararon: la metieron en un coche con los ojos vendados y la condujeron hasta un restaurante ambientado de Grease dónde estaban todos sus amigos. Fue una grandísima sorpresa que la hizo muy feliz. Lucas y Rebeca se quedaron más atrás, hablando, mientras las otras dos seguían haciendo payasadas y locuras.
-¿Qué haces que no estás con Hannah? Aprovecha, que esta es vuestra noche.
-He estado todo lo que llevamos de noche con ella.
-¿Qué te pasa?
-No quiero nada serio. No busco algo así. Después de lo de Beatriz…
                Beatriz era su ex. Le estuvo engañando durante dos meses con su ex novio. Le montó una escenita y le pidió que volvieran, pero Lucas no iba a cometer el mismo error.
-Entiendo.
                Se reunieron, y fueron todos juntos, hablando y haciendo tonterías: el alcohol les animaba. Vieron un parque infantil. Hannah y Lucas fueron directos a los columpios, mientras que Paloma y Rebeca se sentaron en un banco.
-Harían muy buena pareja, constató Paloma.
-Lo sé, pero parece que no quieren estar juntos.
-Es una pena.
                Unos gritos de unos hombres les alertaron: se acercaban borrachos, y no eran precisamente niños. Hannah propuso de irse ya a dormir al jardín de Paloma. Los demás no objetaron nada. Se marcharon en sumo silencio para que los visitantes no les descubrieran.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

CAPITULO 8: Fin de la Fiesta

-Se llama Roberto, empezó Rebeca, tiene nuestra edad… más bien, mi edad, corrigió recordando que de entre ellos era la única que alcanzaba los 17 años, es guapo, alto, está muy bueno…, lo último lo dijo mordiéndose el labio. Tenía unos ojos preciosos, castaños, enormes…, Rebeca siempre solía fijarse en los ojos de la gente y los de ese chico dejaron huella.
-¿Te liaste con él?, quiso saber Paloma.
-Qué va, respondió.
                En aquel momento, la mirada asesina de Paloma se posó sobre Rebeca. Siempre decía que estaba sola, que necesitaba a alguien… pero más de un chico ya la había pedido salir. Ella decía que no, ya que no sentía lo mismo por ellos. Gracias a repetir aquel proceso se ganó el apodo de “La Imposible”. No le agradaba aquello puesto que la decían que suscitaba el morbo entre los chicos. Se hizo una promesa unos años antes: sólo saldría con alguien que realmente le gustara. Y lo había mantenido hasta el punto que no había tenido una cita en su vida. Esto último la deprimía, e incluso, llegaba a provocarla temor.
-Bueno…, siguió, nos dimos más de un pico, pero sólo fue jugando a verdad o atrevimiento. Además, vive en Alicante.
                Esa noche, fue la más extraña de su vida. Y el hecho de que bebiera tres whiskys con Coca Cola y una cerveza había influido.
                Se levantaron y continuaron hasta Alonso Martínez. A Paloma, se le ocurrió una idea: llamar a Manuel, el “Chico Chatroulette”. Eran casi las dos y media de la madrugada, y a él no le hizo mucha gracia la llamada. Apenas hablaba, se mostraba hostil. Al final, todos hablaron con él… o ellos le hablaron a él.
                Al cabo de un tiempo, llegaron dónde querían. Estaba tan vacío, tan solitario que no les gustó la idea de quedarse. ¿Y los bares? ¿Y la gente? ¿Y la marcha? Todo mentira. Echaron a andar hasta acabar en el barrio de Chueca. Como no tenían nada que hacer, volvieron a Sol. Mientras caminaban por Montera, la gente que repartía publicidad las llamaba de todo: de bonitas hasta prostitutas. Decidieron pasar, ya que la “escolta”, formada por Lucas, no parecía importarle los insultos que les dedicaban. Elisa y él, llegaron a tener miedo, por lo que suplicaron volver a casa.
                A Hannah, Paloma y Rebeca se les pasó una idea por la cabeza: ¿Qué casa? Se suponía que estaban durmiendo en casas ajenas. Y creían que la fiesta iba a durar toda la noche, pero al parecer se equivocaron.
                A Paloma se le ocurrió algo: hacer la acampada en su jardín, la idea original. Tenían cuatro sacos de dormir en el desván del edificio de ésta, en caso de que algo fallase. Como en aquel momento. Pidieron dos taxis: uno que llevara a Elisa a su casa y otro que llevase a los demás a casa de la chica.

                El taxista de Elisa le producía miedo, por lo que la llamaron durante el trayecto hasta que llegó sana y salva. Lo más difícil estaba por llegar.

lunes, 23 de septiembre de 2013

CAPITULO 7: Alcohol.

Se acomodaron en el único sitio que quedó libre. Estaba lleno, no cabía ni un solo alfiler. Pidieron la cerveza prometida. Como era un vaso enorme, tuvieron que beber con pajitas. Hicieron retos para ver quién aguantaba más bebiendo. Cuando comenzaron, el líquido hacía que les ardiera la garganta y fueron cayendo: en primer lugar Hannah, que no era muy dada a beber, después Elisa, que tampoco ingería mucho alcohol, luego Paloma puesto que la garganta comenzó a quemarle, a continuación Rebeca, que después de los primeros tragos no sentía la garganta, y por último y proclamado vencedor de la noche, Lucas. La cerveza empezó a subirles muy rápido a la cabeza. Sentían que el simple acto de ponerse en pie era toda una tarea. Paloma y Rebeca se enfrentaron a esa pequeña dificultad y fueron a buscar los chupitos.
-¡De vodka negro!, exigió Rebeca.
                Paloma no le convenció la idea, ni al grupo cuando los llevaron a la mesa. Pero cambiaron de opinión en cuanto se los bebieron de un trago. Sabor dulce y más suave que los demás licores, entraba fácilmente por lo que podría ser traicionero.
                Rebeca descubrió ese néctar de los dioses, cuando se fue con su amiga Flama a Cádiz. Salían prácticamente todas las noches y, en una de éstas, les sugirieron chupitos de vodka negro. Quedaron encantadas y a partir de aquella noche, siempre lo pedían. Hacía tan sólo unos días de su regreso, les gustó tanto el viaje que Flama y ella prometieron repetirlo el año que viene. Esperaban que se llenara más de gente de su edad, especialmente de chicos, puesto que cada vez que salían a la playa, con el fin de hacer nuevas amistades, tan sólo encontraban jubilados. Aunque Rebeca conoció a alguien…
                Se levantaron del sitio como pudieron y se marcharon del local. Decidieron seguir hacia Alonso Martínez, para ver si había suerte y les invitaban a otra ronda. Todos los presentes se sentían mareados, se sentaron en unos bancos que encontraron y se relajaron. La calle estaba en absoluto silencio. Rebeca decidió revelarles lo que ocurrió en Cádiz. El alcohol era para ella una especie de suero de la verdad.
-¿Sabéis qué? Conocí a alguien en Cádiz. Se llama Roberto.

                Sus amigas no entendían a qué se debía esa repentina confesión pero no la interrumpieron.

CAPITULO 6: Dulce tentación.

Salieron de la boca de Metro de Sol. Escribieron un: “¿Dónde estás?” a Lucas, al que respondió: “En el Corte Inglés”. Pusieron rumbo pero por el camino, un par de hombres, de unos treinta años, empezaron a decirles cosas un tanto obscenas. Ellas, les miraron con desprecio y algo atónitas y siguieron su camino. Odiaban que hicieran aquello, e incluso, llegaban a aterrarlas.
                Llegaron al punto de encuentro, pero ni rastro de Lucas. Al final, fue él quien las encontró a ellas. Saludó a todas con dos besos y empezaron a caminar. Una mujer les paró.
-¡Hola chicos! ¡Las bebidas están a 3,50 € y os invitamos a cachimba! ¿Os apuntáis?
                Se miraron entre sí y terminaron asintiendo. La siguieron hasta el local. Se sentaron y pidieron algo de beber. Todas las bebidas que querían llevaban alcohol, por lo que les pidieron el DNI.
-Se nos ha olvidado, dijo Paloma mientras le lanzaba al camarero una mirada de cordero degollado.
                No cuajó, por lo que se conformaron con mojitos sin alcohol y una enorme cachimba de sabor no identificado. Poco después llegó Elisa.
                Era una chica rubia con el pelo bastante largo, ojos verdes y sonrisa tímida. Su rostro era adorable. Era más alta que Rebeca, delgada y con los mofletes repletos de pecas. Se conocían desde el año pasado, cuando estuvieron en la misma clase. Era muy maja, pero cuando se enfadaba de verdad… mejor no enfadarla. El resto del tiempo era muy dulce. Tenía un chico, llamado John, a sus pies, que fue a España tan sólo para estar con ella… aunque no llegó a pasar nada.
                Comenzaron a hablar hasta llegar a sus notas de selectividad. Ninguno de los presentes estaba contento con la suya, incluso se organizaron para inscribirse al paro, que dada la situación de España, era lo que les aguardaba.
                Salieron del local sin un rumbo en concreto. Se decantaron por ir a Alonso Martínez a pie, ya que les habían dicho que era dónde más ambiente habría. Nada más llegados a Tribunal, una chica les ofreció una jarra de 2 litros de cerveza que saldría a 2 € por cabeza y unos chupitos gratis. No dudaron en aceptar.
                Por el camino, la chica les preguntó por la edad.
-18, dijo Rebeca bastante rápido. No estaba acostumbrada a mentir.

                Los demás asintieron, sin comprender lo que la chica dijo. Lucas y Hannah iban un poco a su aire: de la mano, él pasando el brazo por la cintura de ella… En resumidas cuentas, tonteando. Era el propósito de Paloma esa noche. Ese y que su madre no la pillara.

domingo, 22 de septiembre de 2013

CAPITIULO 5: Adiós sufrimiento.

Arya se tumbó en la cama. Acababa de montar a caballo y estaba agotada. Lacero, su potro, siempre se alegraba de verla, por eso ella no podía estar un solo día sin ir a verle. Aunque tuviera examen el día siguiente o llena de deberes o hubiera quedado con sus amigas. Nada podía impedir que se lo perdiera. Además, los concursos llegaban en otoño y debía entrenar mucho si quería ganarlos, como había hecho siempre.
                Se acomodó y cogió su móvil. Le apetecía hablar con él. Con Sergio. Aquel que cuando ella rompió con su novio estuvo ahí. Aquel que la hacía sentir tan especial. Aquel con quien la había compartido todo… Aquel con quién compartió su primera vez. Aquel chico de 19 años que la tenía loca. Pero ¿Qué eran? Más de una vez se lo había preguntado y siempre obtuvo como respuesta un “Quiero ir despacio” o “Te tengo mucho cariño”, incluso “No eres sólo un rollo”. Pero, si eliminábamos las posibilidades… ¡No quedaba nada! No eran amigos, no eran un rollo, no eran un amor de verano, no eran novios. Lo último era lo que más odiaba. No eran novios. ¿Por qué? Ella sentía algo por él. Algo que no había sentido nunca por nadie. ¿Acaso no era recíproco? Nunca lo había dejado claro. Eso le jodía. Mucho.
                Estuvieron hablando prácticamente dos horas. Ininterrumpidas. Dos maravillosas horas, durante las que se sintió feliz. Lo difícil llegó luego, cuando se preguntó si era sano estar así: el día triste por no hablarle y las noches contenta por hacerlo. Le preguntó, por enésima vez, qué demonios significaba en su vida.
-Ya me lo has preguntado, escribió.
-Y sigo sin tener respuesta.
-¿Por qué quieres saberlo?
-Porque estoy pillada por ti y quiero ver si podríamos tener algo más.
-Acabo de salir de una relación y no estoy preparado.

                Ella tardó en contestar. Tenía un debate interno. Pero se le iluminó un camino: el de dejarle. Puede que no el más difícil, pero el que, a la larga, le causaría menos daño. Lo decidió. Y prometió mantenerlo. Se lo dijo. Se acabó. Ahora debía echar todo, toda la mierda que le metió en la cabeza, toda la mierda que le metió en el corazón. Pero en aquel instante, no sabía que había hecho lo mejor para ella. Porque era ella la que sufría… y no sufriría nunca más por él. Ya no estaba en la bola de demolición, su corazón ya no estaba hecho de paredes frágiles. Tomó las riendas y se sintió orgullosa de sí misma. Poco después, sus ojos se cerraron y se dejó llevar.

CAPITULO 4: No se admiten quejas.

Se levantaron de un salto. Se cambiaron de ropa, en más de una ocasión estuvieron a punto de acabar en el suelo. Paloma se puso una blusa blanca, vaporosa y una falda negra de tubo, como Hannah. Rebeca llevaba también esa falda de tubo negra pero varió de color de blusa: la suya era color salmón. Se precipitaron al baño, y cubrieron sus caras con una base de maquillaje nude, y sus pestañas con rímel negro intenso. Se calzaron los tacones saliendo por la puerta, salvo Rebeca que los metió en el bolso y llevó sandalias. Caminaban a paso ligero, las de los zapatos de tacón tropezaron más de una vez y soltaban una risotada ante la situación. Hannah, que ya pilló en truco a sus zapatos, se adelantó y movía el trasero cual modelo mientras andaba para divertir a sus amigas, que silbaban y la adulaban.
Bajaron las escaleras del metro casi rodando y corrieron por los pasillos. La gente las miraba expectantes, como si se fueran a caer y no quisieran perdérselo. El tren estaba en la estación por lo que hicieron el sprint final. No había asientos libres, por lo que se apoyaron en las barras. Rebeca empezó a reírse, burlándose de todo los que habían hecho durante el trayecto. Siempre embozaba una sonrisa.
Era una chica risueña, con el pelo de tres colores: rojizo puesto que el año anterior se lo tiñó de escarlata, rubio ya que se había hecho las famosas mechas californianas… pero de un rubio casi blanco, y de su color natural: castaño por que las raíces comenzaban a notarse. Tenía unos ojos redondos bastante grandes, pardos y unas pestañas muy largas. Era más alta que sus acompañantes, incluso que Lucas. Si se ponía tacones, los demás la reñían reprochándola que a su lado parecían más bajos. Pero, había que puntualizar, que no era demasiado alta: rozaba el metro setenta.
-¿No habría que avisar a Elisa?, preguntó.
-No importa, la esperamos fumando una cachimba, solucionó Paloma.

                Lucas no cesaba de bombardearlas a mensajes. ¡Qué pesado! No se podía quejar. Siempre era él quién llegaba tarde, una vez tuvieron que esperarle una hora entera. Para que luego se quejen de las chicas…

CAPITULO 3: Chatroulette anulado.


Cuando llegaron a casa de Rebeca, se encerraron en su cuarto.
-¿Por qué tienes activado el número oculto?, preguntó la anfitriona.
-¿Lo tengo activado? Pues no lo sabía…, respondió Paloma mirando su móvil.
-¿No lo quitaste desde que cenamos con la clase?, Hannah miró con cara de asombro. Ahí lo pusimos y le hicimos una broma a Lucas…
                Todas rieron, acordándose de aquella noche. Quedaron con toda su clase, uno de los últimos días de curso, para celebrar que habían pasado parte de la selectividad y que ya eran libres… hasta el año siguiente. Aquella noche, todos hablaron con todos, incluso invitaron a los profesores que les acompañaron en el viaje escolar a Carcassonne, cerca de Toulouse, eran como una gran familia. Justo después de la quedada, Hannah invitó a Paloma, Arya, Carlota y Rebeca e hicieron una fiesta de pijamas en su casa. El resto de los compañeros salieron de fiesta. En un punto de la noche, alguna propuso de gastarle una broma a Lucas, pues era con quien mejor se llevaban, y para ello activaron el número oculto del móvil de Paloma y llamaron desde él. La broma no resultó muy exitosa.
-¿Cuál es el plan hoy?
-Hemos quedado a las 9 en Sol con Lucas y Elisa. Y luego… no sé, lo que surja.
-Estoy de acuerdo, asintieron.
-Pues será mejor que empecemos a arreglarnos, tenemos que salir de aquí en un cuarto de hora… previno Rebeca.
-¡No nos va a dar tiempo!, soltó Hannah.
-Pues quedamos más tarde, concluyó Paloma.
                Llamó a Elisa, que no tuvo problema en quedar a esa hora puesto que aún estaba en pijama.
-Propongo arreglarnos ya, así ya estaremos preparadas para irnos, y hacemos un Chatroulette. A ver si hay suerte y encontramos un chico para Hannah, como te pasó a ti, Paloma.
                En mayo, antes de ir a la celebración del cumpleaños de Rebeca en una discoteca, Paloma fue a casa de ésta con el fin de arreglarse juntas. Como tenían tiempo, hicieron un Chatroulette, que consistía en meterse en una página web dónde se habla con webcam a gente aleatoria de todo el mundo. Se toparon con un chico llamado Manuel que terminó con el Whatsapp de Paloma. Llevaban hablando desde entonces, aunque nunca habían quedado. Aquel mismo día, Rebeca también acabó chateando con un amigo de Lucas, pero a la semana, ya no se hablaban.
                Poco tiempo después, los móviles de las chicas avisaron de que un mensaje les había llegado: Lucas ya estaba en Sol. Se habían olvidado de avisarle.

CAPITULO 2: El esperado encuentro.

Estaba frente al ordenador, escuchando música. Rebeca, recibió una llamada al móvil. Al ver que era un número oculto se sorprendió.
-¿Sí?
-Rebeca, al instante supo que se trataba de Paloma, nos hemos perdido… ¿Dónde estaba tu casa?
-¿Habéis salido ya del metro?
-Sí.
-Pues caminad en línea recta, les indicó, ahora voy a vuestro encuentro.
-¡Perfecto! Un beso.
-¡Hasta ahora!
                Cerró la pantalla del portátil, se calzó sus Vans y salió por la puerta, pero no sin antes avisar a su familia. Caminó dirección al metro. No pasaron ni tres minutos desde su salida, que ya se encontró con ellas. Corrió y las abrazó muy fuerte: no las había visto desde que empezó el verano.
-¡Hey! ¿Qué hay chicas?, preguntó entusiasmada. ¡No sabéis las ganas que tengo de salir esta noche!
-¡Y nosotras!, dijo Hannah.
-Ahora sólo falta que no nos pillen, añadió Paloma. Nunca había mentido así a mi madre.
-Ni yo.
-Bueno, no os preocupéis. Va a ser una noche perfecta. Aunque falta Arya.
                Arya era una chica discreta. Siempre sonriente, complaciente. Cabello castaño, algo aclarado por el sol, piel bronceada, bajita y con un vientre tan plano que quitaba el hipo. El piercing que se hizo unos meses antes era un gran valor añadido. Ojos chocolate y con pestañas casi siempre recubiertas por rímel.
-Está castigada, dijo Paloma.
-Por lo de…
                Sus dos amigas asintieron sincronizadas. ¡Qué mierda! ¡Por esa tontería!

                Unos días antes, Arya y Paloma se fueron de compras por el centro de Madrid. Entraron a una tienda en la que vieron un bonito anillo con el símbolo del infinito. ¿Su precio? 5 euros. Exagerado. Cogieron uno y se fueron al probador, dónde le quitaron la etiqueta y lo metieron en el bolso. Fueron a salir del local… pero el guardia de seguridad las paró. “-¿Qué vais a hacer con el anillo?” les preguntó. Aterradas confesaron su pequeño incidente. El encargado de la tienda, al recibir la noticia, las bajó a una especie de sótano y llamó a la policía. Cuando estos llegaron, intentaron convencerle de que no pusiera denuncia. ¡Eran sólo 5 euros! Pero el cabezota las denunció. Las llevaron a comisaría y llamaron a sus padres. Por únicamente 5 euros.