Era el baile
inaugural, de la homenajeada y su padre: un vals. Bailaron durante unos minutos
bajo la mirada expectante los invitados. Se le unieron la madre y el hermano, luego
el resto de la familia. Manolo agarró por la cintura a Rebeca y la sacó a la
pista de baile. Como ella no tenía ni idea de cómo bailar un vals, dejó que la
aconsejara. Al poco tiempo, ya bailaban, aparentando ser veteranos. Se percataron
de que las chicas aún seguían sentadas en el sofá de la sala, esperando sus príncipes.
Se pusieron de acuerdo y Rebeca cedió su pareja a Arya, y poco tiempo después,
ya bailaban todas. Hablaban con sus parejas, reían… hasta que acabó el baile.
El DJ hizo un recorrido por toda la música de las últimas décadas,
pasando por ABBA a Paquito el Chocolatero, hasta llegar a uno de los temas
favoritos de las cuatro chicas. La motivación les invadió y, al instante, ya
bailaban como energúmenas, riendo y fingiendo un micrófono entre las manos.
Después, la sed les invadió. Pidieron
bebidas con alcohol, para animarse un poco más. Se les subió demasiado. Se sentían
como en una nube. Un chico se acercó a Rebeca y empezó a bailar con ella. Una canción
lenta les dio la oportunidad de hablar y conocerse. Se llamaba Alejandro Lagos,
todo el mundo le llamaba Lagos. Era el mejor amigo de unas amigas de ella. Habían
coincidido ya en alguna que otra fiesta que había organizado su amigo Hugo.
Salieron a la terraza. Se acomodaron
en unas sillas, pero poco después ella se encontraba recostada sobre su pecho. Rebeca
le había advertido que no iba a conseguir nada de ella. “Caerás antes de que
acabe la noche”, le había respondido él. Ingenuo, no la conocía.
-Creo que
tus amigas nos están espiando, dijo él mientras acariciaba su brazo.
Se giró. Y efectivamente, las
tres chicas estaban al acecho. Vigilando la situación. Dispuestas a interrumpir
si aquello subía de tono. Soltó una carcajada.