Se
acomodaron en el único sitio que quedó libre. Estaba lleno, no cabía ni un solo
alfiler. Pidieron la cerveza prometida. Como era un vaso enorme, tuvieron que
beber con pajitas. Hicieron retos para ver quién aguantaba más bebiendo. Cuando
comenzaron, el líquido hacía que les ardiera la garganta y fueron cayendo: en
primer lugar Hannah, que no era muy dada a beber, después Elisa, que tampoco
ingería mucho alcohol, luego Paloma puesto que la garganta comenzó a quemarle,
a continuación Rebeca, que después de los primeros tragos no sentía la
garganta, y por último y proclamado vencedor de la noche, Lucas. La cerveza
empezó a subirles muy rápido a la cabeza. Sentían que el simple acto de ponerse
en pie era toda una tarea. Paloma y Rebeca se enfrentaron a esa pequeña
dificultad y fueron a buscar los chupitos.
-¡De vodka
negro!, exigió Rebeca.
Paloma no le convenció la idea,
ni al grupo cuando los llevaron a la mesa. Pero cambiaron de opinión en cuanto
se los bebieron de un trago. Sabor dulce y más suave que los demás licores,
entraba fácilmente por lo que podría ser traicionero.
Rebeca descubrió ese néctar de
los dioses, cuando se fue con su amiga Flama a Cádiz. Salían prácticamente
todas las noches y, en una de éstas, les sugirieron chupitos de vodka negro.
Quedaron encantadas y a partir de aquella noche, siempre lo pedían. Hacía tan
sólo unos días de su regreso, les gustó tanto el viaje que Flama y ella
prometieron repetirlo el año que viene. Esperaban que se llenara más de gente
de su edad, especialmente de chicos, puesto que cada vez que salían a la playa,
con el fin de hacer nuevas amistades, tan sólo encontraban jubilados. Aunque
Rebeca conoció a alguien…
Se levantaron del sitio como
pudieron y se marcharon del local. Decidieron seguir hacia Alonso Martínez,
para ver si había suerte y les invitaban a otra ronda. Todos los presentes se
sentían mareados, se sentaron en unos bancos que encontraron y se relajaron. La
calle estaba en absoluto silencio. Rebeca decidió revelarles lo que ocurrió en Cádiz.
El alcohol era para ella una especie de suero de la verdad.
-¿Sabéis
qué? Conocí a alguien en Cádiz. Se llama Roberto.
Sus amigas no entendían a qué se
debía esa repentina confesión pero no la interrumpieron.
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