-Mamá, me
tengo que ir, dijo Rebeca en más de una ocasión. Paloma me está esperando
abajo, en el coche.
Cogió una chaqueta y se dirigió
a la puerta, no sin antes regalarle una última sonrisa a la cámara. Bajó lo más
rápido que pudo y, por fin, se sentó en el coche de la madre de Paloma. En la
invitación ponía explícitamente que no llegaran tarde, si no, se perderían la
cena. Iban a la puesta de largo de Estefanía, una amiga que llevaba planeando
aquello desde hacía años. Debían llevar vestido largo, que no fuera ni blanco
ni negro.
Era sábado. Un sábado lluvioso
en Madrid. Al rededor de las 9 y media de la noche. Llevaban esperando aquella
noche mucho tiempo. Tenían los vestidos desde hacía muchísimo… en el caso de
Arya, Rebeca y Hannah. Para Paloma fue el último que se probó: un precioso
vestido rosa, con un corte en la mitad de la falda, tirantes que se enredaban
entorno al cuello y con el corpiño drapeado. El de Rebeca, era lila, palabra de
honor, al más puro estilo griego. Aquel día había ido a la peluquería y le
habían hecho un recogido con trenzas y un discreto moño. Llegaron a la fiesta. No
conocían a nadie, esperaban que Hannah y Arya llegaran pronto. Saludaron a la
anfitriona y se presentaron a los demás invitados. Al final, las chicas
llegaron. Arya con un vestido rosa palo que se había comprado en Londres:
palabra de honor, sencillo y elegante. Llevaba un fular por los hombros y una
trenza a un lado. Tenía el pelo tan largo que el recogido le alcanzaba la
cadera. Hannah, llevaba un vestido de raso, azul marino con tirantes en el
cuello y drapeado por el corsé. También llevaba un fular por encima. Iban todas
muy guapas y tenían la esperanza de conocer a alguien aquella noche.
Comenzaron a pasear pequeñas
raciones de comida. “Serán los entrantes” se pensaron ellas. Tras reservarse lo
máximo posible para la cena, descubrieron que aquella comida que habían dejado
pasar era la cena. Corriendo, desesperadas por los rugidos de sus estómagos y
perdiendo todo el glamour, se abalanzaron sobre los restos de las raciones y lo
acompañaron de un par de jarras de su aclamado tinto de verano.
Mientras, un chico se acercó a
Rebeca, que lo reconoció enseguida: era Manolo, el chico que se le declaró
hacía dos años y con quien iba a clase. Se cambió de instituto por su amor a la
música. Arya y ella le saludaron, como viejos amigos, Hannah y Paloma se
escaparon con el fin de terminar de llenar sus tripas.
-Rebeca,
dijo Manolo, ¿Tienes pareja esta noche? Me refiero para bailar.
-Sí, Arya.
-Me refiero
masculino.
-Ah, no.
-Pues ya lo
tienes.
Poco después abrieron la
discoteca. Rebeca y él entraron de la mano, como en los bailes de la corte. Les
daba igual lo que pensaran, lo único que buscaban era pasarlo bien.
No hay comentarios:
Publicar un comentario