Era domingo, Hannah y Paloma andaban por la calle. La desconocían así
que caminaron en línea recta con la cabeza bien alta. Cuando de verdad
estuvieron completamente perdidas, se dignaron a llamar a Lucas. Tras unos
segundos, saltó el buzón de voz.
- No
responde, dijo Paloma.
-¿Qué
hacemos?
-Se me ha
ocurrido algo…
Por suerte Paloma siempre tenía
una solución alternativa. Aunque esta, y lo debía reconocer, no era brillante.
-¿El qué?
-Llamar a
Alejandro.
Alejandro era un amigo de tenis
de Lucas. Era un crío, se portaba como un crío, y aparentaba ser un crío. En este
caso, las apariencias no engañaban. Le llamaron y lo cogió. Como no había
cambiado, el niño no dejaba de tomarlas el pelo e insultarlas. Sin duda, a ese,
madurez no le sobraba. Al no haber conseguido nada, volvieron a llamar a Lucas,
que por suerte, lo cogió.
-¡Lucas! ¿Dónde
está tu casa?
-¿Mi casa? ¿Para
qué queréis saberlo?
-Tú dímelo.
Les dio su dirección, sin saber
la razón. Se acababa de levantar de la siesta y no era muy consciente de lo que
hacía ni decía. De repente, otra llamada:
-Lucas,
estamos en la puerta de tu casa, dijo Paloma.
Colgó sin llegar a creérselo. Abrió
la puerta… y vio a las dos chicas. Le sonreían, interesadas.
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