Arya se
tumbó en la cama. Acababa de montar a caballo y estaba agotada. Lacero, su
potro, siempre se alegraba de verla, por eso ella no podía estar un solo día
sin ir a verle. Aunque tuviera examen el día siguiente o llena de deberes o hubiera
quedado con sus amigas. Nada podía impedir que se lo perdiera. Además, los
concursos llegaban en otoño y debía entrenar mucho si quería ganarlos, como
había hecho siempre.
Se acomodó y cogió su móvil. Le
apetecía hablar con él. Con Sergio. Aquel que cuando ella rompió con su novio
estuvo ahí. Aquel que la hacía sentir tan especial. Aquel con quien la había
compartido todo… Aquel con quién compartió su primera vez. Aquel chico de 19
años que la tenía loca. Pero ¿Qué eran? Más de una vez se lo había preguntado y
siempre obtuvo como respuesta un “Quiero ir despacio” o “Te tengo mucho
cariño”, incluso “No eres sólo un rollo”. Pero, si eliminábamos las
posibilidades… ¡No quedaba nada! No eran amigos, no eran un rollo, no eran un
amor de verano, no eran novios. Lo último era lo que más odiaba. No eran
novios. ¿Por qué? Ella sentía algo por él. Algo que no había sentido nunca por
nadie. ¿Acaso no era recíproco? Nunca lo había dejado claro. Eso le jodía.
Mucho.
Estuvieron hablando
prácticamente dos horas. Ininterrumpidas. Dos maravillosas horas, durante las
que se sintió feliz. Lo difícil llegó luego, cuando se preguntó si era sano
estar así: el día triste por no hablarle y las noches contenta por hacerlo. Le
preguntó, por enésima vez, qué demonios significaba en su vida.
-Ya me lo
has preguntado, escribió.
-Y sigo sin
tener respuesta.
-¿Por qué
quieres saberlo?
-Porque
estoy pillada por ti y quiero ver si podríamos tener algo más.
-Acabo de
salir de una relación y no estoy preparado.
Ella tardó en contestar. Tenía
un debate interno. Pero se le iluminó un camino: el de dejarle. Puede que no el
más difícil, pero el que, a la larga, le causaría menos daño. Lo decidió. Y
prometió mantenerlo. Se lo dijo. Se acabó. Ahora debía echar todo, toda la
mierda que le metió en la cabeza, toda la mierda que le metió en el corazón.
Pero en aquel instante, no sabía que había hecho lo mejor para ella. Porque era
ella la que sufría… y no sufriría nunca más por él. Ya no estaba en la bola de demolición,
su corazón ya no estaba hecho de paredes frágiles. Tomó las riendas y se sintió
orgullosa de sí misma. Poco después, sus ojos se cerraron y se dejó llevar.
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