-Se llama
Roberto, empezó Rebeca, tiene nuestra edad… más bien, mi edad, corrigió
recordando que de entre ellos era la única que alcanzaba los 17 años, es guapo,
alto, está muy bueno…, lo último lo dijo mordiéndose el labio. Tenía unos ojos preciosos,
castaños, enormes…, Rebeca siempre solía fijarse en los ojos de la gente y los
de ese chico dejaron huella.
-¿Te liaste
con él?, quiso saber Paloma.
-Qué va,
respondió.
En aquel momento, la mirada asesina
de Paloma se posó sobre Rebeca. Siempre decía que estaba sola, que necesitaba a
alguien… pero más de un chico ya la había pedido salir. Ella decía que no, ya
que no sentía lo mismo por ellos. Gracias a repetir aquel proceso se ganó el
apodo de “La Imposible”. No le agradaba aquello puesto que la decían que suscitaba
el morbo entre los chicos. Se hizo una promesa unos años antes: sólo saldría
con alguien que realmente le gustara. Y lo había mantenido hasta el punto que
no había tenido una cita en su vida. Esto último la deprimía, e incluso,
llegaba a provocarla temor.
-Bueno…,
siguió, nos dimos más de un pico, pero sólo fue jugando a verdad o
atrevimiento. Además, vive en Alicante.
Esa noche, fue la más extraña de
su vida. Y el hecho de que bebiera tres whiskys con Coca Cola y una cerveza
había influido.
Se levantaron y continuaron
hasta Alonso Martínez. A Paloma, se le ocurrió una idea: llamar a Manuel, el “Chico
Chatroulette”. Eran casi las dos y media de la madrugada, y a él no le hizo
mucha gracia la llamada. Apenas hablaba, se mostraba hostil. Al final, todos
hablaron con él… o ellos le hablaron a él.
Al cabo de un tiempo, llegaron
dónde querían. Estaba tan vacío, tan solitario que no les gustó la idea de quedarse.
¿Y los bares? ¿Y la gente? ¿Y la marcha? Todo mentira. Echaron a andar hasta
acabar en el barrio de Chueca. Como no tenían nada que hacer, volvieron a Sol. Mientras
caminaban por Montera, la gente que repartía publicidad las llamaba de todo: de
bonitas hasta prostitutas. Decidieron pasar, ya que la “escolta”, formada por
Lucas, no parecía importarle los insultos que les dedicaban. Elisa y él,
llegaron a tener miedo, por lo que suplicaron volver a casa.
A Hannah, Paloma y Rebeca se les
pasó una idea por la cabeza: ¿Qué casa? Se suponía que estaban durmiendo en
casas ajenas. Y creían que la fiesta iba a durar toda la noche, pero al parecer
se equivocaron.
A Paloma se le ocurrió algo:
hacer la acampada en su jardín, la idea original. Tenían cuatro sacos de dormir
en el desván del edificio de ésta, en caso de que algo fallase. Como en aquel
momento. Pidieron dos taxis: uno que llevara a Elisa a su casa y otro que
llevase a los demás a casa de la chica.
El taxista de Elisa le producía
miedo, por lo que la llamaron durante el trayecto hasta que llegó sana y salva.
Lo más difícil estaba por llegar.
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